miércoles, 14 de octubre de 2015

Una historia sobre el mal de ojo


Para Carla Fardella, por todos los domingos de tu vida.
"No sé qué ojo me maleficia mis tiernos corderos". Virgilio
              
Trabajábamos vendiendo boletos para recitales de guitarra clásica española en las iglesias medievales del Barrio Gótico en Barcelona. Giazú en inglés, Carla en alemán, yo en francés.  Ellas llegaron a esa chamba un par de semanas antes que yo y fueron también ellas quienes me jalaron y convencieron al jefe de emplearme después de que una tarde en la Universidad decidimos que deberíamos llevarnos más  Weona, deberías de andar más con nosotras- dijo Carla, con esa cara que pone cuando sospecha algo que en realidad sabía hace tres o cuatro vidas. Ellas, mis amigas, espejos fundamentales.

El emprendedor que nos contrató era un perro andaluz de pequeños y enrojecidos ojos marrón,  en mi mente sólo aparece liando y fumando un cigarrillo tras otro. Este sujeto pensaba que el éxito de su empresa radicaba completamente en nuestro trabajo de volanteo, ventas y marketing callejero, estaba todo el día pinches sobres de nosotras.

Pasábamos medio día en la calle y solía ser extenuante como todos los empleos precarios, condición de prácticamente cualquier laburo al que una puede acceder en una situación de cognitariado migrante expectante postcolonial trans nonconacyt retro vintage queer psicodélicx. Sin embargo, los regateados euros que recibí en ese flamenco impasse de la academia, elevada y ruin como Parnaso colegiado,  me dieron una seguridad que me había faltado hondamente los últimos meses desde que pisé Europa en esa ronda de la vida.

Valientemente o vilmente, ya no sé, me fui de México y aterricé como un campanario o como un sapo psicotrópico. Atravesé la puerta del invierno con otros trabajos y otras angustias: el corazón y la casa no fueron las únicas cosas que se me rompieron cuando llegué a Barcelona: cataclismo particular, se me rompieron todas juntas. Fui pobre. No viví la pobreza extrema que hay en mi país de heridas y de flores, sin embargo, me tocó enfrentar la pobreza postestructural de las incertidumbres millennial.

Fui pobre durante los meses sin sol y aunque todo era muy congruente con el clima y con el ánimo gótico de las circunstancias, bailé harta cumbia, rasgo distintivo de salud, y sobreviví a la infame caída la realidad y de la bolsa. Soy de esas mujeres de signo zodiacal ambiguo y orgullo borrascoso, con la frente marcada por la combinación más necia de los astros y por ello, o por algo con mi madre que es muy demandante, a mí no me gusta pedir, no me gusta deber y me tocó verle la cara a la pobreza el año de la peor crisis económica que el país había sufrido desde tiempos de la guerra. Tiempo después, la primavera llegaría en la forma de una pequeña beca en flor.

La España revuelta en la que no vas a tener una casa en tu puta vida, la Cataluña de la que nunca escribo me demostró algunas cosas que son más importantes que el pan y que el amor de los niños heridos. Sin esa adversidad, no hubiera existido la posibilidad de ser amiga de los manteros: hombres de mediana edad, padres de familia migrantes, africanos, pakistaníes, chinos; de amistarme con los callejones que improvisan cantantes de ópera, hombres estatua, ladronas rumanas, músicos suizos, peruanos, de probar mis palos sobre un tablao experimental entre los artistas de la sobrevivencia. Así fue el amanecer del siglo y el mío. Ese abril cumplí 25 años en la frontera de una clase social y, además de los regalos de mis nuevas amigas, recibí una linda pulsera hallazgo del vagabundo del loro y dos pashminas de una manta del piso, una negra y otra rosada, como dos abrazos del Valle del Indo de un padre atento que cantaba canciones del amor entre castas al pie de esta larga calle de mi alma, el Carrer del Bisbe.  Un año antes o uno después de Barcelona, lo hubiera considerado el más improbable de los lazos, después de esa puerta, la saturada puerta de la pobreza, la que una nunca quiere cruzar, me abraza una guirnalda de nuevas nostalgias para servir y nunca volver atrás. El maravilloso hallazgo de la frugalidad...La gentrificación y sus minimal lofts acaban con esas cosas, las cervezas de 7 euros acaban con esas cosas y la Plaza del Tripi ahora se carga un mal viaje de macetas gigantes y juegos infantiles. La Barcelona de Cristina endeudada con la Barcelona de Vicky quedando bien y poniéndose fácil y global después de haber empiernado en la misma mala película. La derrama económica de los güeros desplaza a los migrantes pobres y por supuesto, a los pobladores originales de los barrios centrales. Es como si la Roma fuera una ciudad completa. 

Al andaluz de mirada de perro se le hacía una buena inversión tener vigilantes y estábamos durante buena parte de la jornada en puntos estratégicos del Barri sin poder dejarlos y movernos demasiado. Pasábamos horas abundantes algunos metros adelante o atrás de las esquinas clave y pese a lo deficiente de su estrategia comercial, de su aprobación y la de sus vigilantes dependía que tuviéramos trabajo la semana siguiente: precaria. Así,  aunque las largas horas de pie cazando güeros no eran muy divertidas entonces, el río del tiempo me ha demostrado que no todo ha sido tan malo:

Imaginar el efecto que tiene sobre la corteza cerebral mirar el mismo relieve románico durante cinco horas, la observación minuciosa durante días del mismo puente neogótico que Le Corbusier despreciara por ser abigarrado o sólo, casi, por ser nuevo. Mirar la misma fuente, la misma estatua, otra vez, el mismo relieve. Poner los ojos en el mismo muro durante horas como engaños trae consigo consecuencias histológicas, neurofisiológicas. Era bonito ver cómo iba cambiando la luz del año sobre mi alma y sobre los muros francos que construyeron hombres más ingenuos que nosotros; notar cómo, un buen día, casi involuntariamente, la poesía de las cosas silentes puede defendernos de la vida.

Entre los incendios de la judería en el siglo XIV y los incendios por las tres victorias del Barça en la crisis económica hipotecaria nada nos ha pasado, sólo la música nos ha sucedido. Los siglos han pasado corriendo calle abajo, como si se hubieran olvidado del paraguas o las llaves. La planificación del pasado que envuelve cada vez más a Barcelona fue trazando en mis sesos una Arquitectura de la memoria, un sistema nervioso que detenta cimientos de  cantera gris capaces aún de hacer el recorrido de Ferrisa a Sant Just i Pastor y seguirse hasta la playa. Mis devaneos medievales están apuntalados con piedra mediterránea y augusta. Nada va a quitarnos la Historia, contra las paredes no hay antídotos.
Don't! / De la guía del buen turista de Barcelona
Además de nuestros estables puntos de venta, en este trabajo, teníamos un target: adultos caucásicos del norte de Europa con poder adquisitivo alto, hombres y mujeres, cercanos a los 60 años. No viajan en tour pero pueden viajar en grupos o en parejas. Nada de gringos o inglesitos o italianos parranderos en sus veintes, nada de californianas de shopping en las mismas tiendas que hay en California. We went for old money. Gente sin interés por ligar algo exótico, sin los clubes de Port Vell en el itinerario, sin ningún sentido de la moda y que gustara de consumir cultura. Esos eran nuestros peces gordos y los cuidábamos y lo hacíamos bien porque todas estábamos sobrecalificadas para volantear y porque ese empleo y el feminismo fueron una tabla salvavidas en medio del océano de incertidumbres en el que nos hubiéramos ahogado estando solas (o no, pero hubiera sido más difícil y aburrido). El mercado era fácilmente identificable, sin embargo, el bien reportado cardumen otoñal que teníamos por presas, era compartido por otra especie, otra minoría en sobrevivencia por las rutas de la gentrificación, nuestras rivales ecológicas:

 Las ingeniosas ladronas de Rumania.

Esto aconteció la primera semana que llegué al trabajo, fue la auténtica novatada. Estábamos a espaldas de la Catedral, en la puerta de Santa Eulalia, frente al blow job histórico entre la Iglesia y el Estado.

BJ Histórico
Sucedió que una de mis amigas había denunciado un par de días antes con la policía que las gitanas robaban sistemáticamente a nuestras cabecitas rubias...blancas...rubias. Las ladronas los despojaban de todo con una sofisticación precisa e hilarante. Eran unas buenazas, la neta. Quizá, si hubiese estado presente me hubiera opuesto a la denuncia, pero igual mis amigas, latinas aguerridas de temperamento albinegro y bravío, no son mucho de preguntar.

El método de despojo consistía en pintarse los obscuros mechones gitanos de color rubio y disfrazarse de turistas. Gafas, cámara fotográfica colgante, mapas (neta mapas), bermudas  color kaki y coloridos tang tops que la banda nórdica usa pensando que Barcelona es un destino tropical. El look de nuestras rivales en la calle sólo carecía de la cara de extravío natural de los turistas; ellas iban alertas y lúcidas al acecho de nuestros güeros. Iban al tiro. Detectaban al más distraído, a quien representara la presa más sencilla y para tiempos de crisis, suculenta: la bonachona señora bretona, el viejito teutón o sueco interesado en Gaudí, la adorable parejita en el segundo aire con un cierto nivel de mal del puerco por mal vino y paella. Después del eficaz procedimiento de identificación, aprovechando la estrechez de las calles medievales y lo numeroso de las hordas turísticas de caucásicos babyboomers, las ladronas se aproximaban hasta pegarse a las rebosantes carteras de sus víctimas, a sus bolsos de playa mal cerrados, a sus bolsitas de compra y  los saqueaban a todos.

Luego, la parte más brillante del plan: ¿Se ha mirado usted Blanca Nieves? ¿La peli animada, la de Disney? ¿Recuerda cuando la vanidosa bella bruja se transforma en una viejecilla aparentemente inocente pero con una mirada tres millas de maligna? ¿De mirada que dice que la vida es dura y la venganza es dulce, como manzana?

Esa viejecita está sentada allí, mientras yo escribo o mientras tú lees, a un costado discreto de la puerta de Santa Eulalia, recargada sobre el muro de la Catedral, sentada en el piso en la calle del Bisbe, pidiendo unos centavos. Tal vez no es una viejecita, tal vez también es una bella bruja disfrazada y tiene la  mano extendida y la cabeza gacha, mientras sus enaguas largas y roídas de gitana de hace dos siglos esconden de la policía y de todo mundo, el botín que las falsas turistas van robando de los guiris.

Una mañana con luz horizontal, en esa intersección de la vida y del Bisbe, me aconteció un maleficio.

El mal de ojo es, por excelencia, el  mal del envidioso cuando envidia. La envidia y esta maldición están vinculados tan estrechamente que pareciera que se trata de la misma cosa, pero no, implican un nivel de sofisticación distinto. El devenir etimológico de la envidia es “poner los ojos en algo” y sí, la envidia es aquel gesto, ese hacer con los ojos que demuestra un peso, la gravidez de lo que no se es. Lo que asombra es que parece ser de un peso demasiado fatigoso para algo tan efímero como una forma de ver. La envidia guarda en su forma afectiva un arquetipo de la mirada. Hay miradas así, he conocido personas con miradas así, pese a lo linda que era, la mirada de una chica de la prepa sobre mí solía preocupar a mi madre, llevaba por ojos unos enormes planes de despojo. Ojos que tiran de algo, miradas con el peso de la  furia por una herida remota, ojos que quitan algo, o que al menos, lo intentan. Es ese esfuerzo lo que pesa, es eso lo que hace la mirada de quien envidia. Existen ojos que entregan cosas ¡Si pudieran mirar a mi amoroso! La mirada de la envidia lo arrebata, le quita algo a lo que es mirado, poder, magia, belleza. Si acaso no lo consigue, tira con esa intención.

El mal de ojo, por supuesto, proviene de la mirada de otros y es una cosa fea, más estudiada y metódica que el rebote adolescente de la envidia, impronta visceral y notoria. Lo que tenga el ojo de víscera se manifiesta en la envidia y en los tacos de puesto mexicano.

Si los paseos etimológicos nos dicen que la envidia es poner los ojos en algo, al mal de ojo se le dice también “ojear”. Y, es aguamalamente fascinante que en el siglo XIV, y en algunos clanes y pueblos todavía, al mal de ojo se le dice igualmente “fascinar” que significa, en un perfecto y perverso círculo semiótico, hechizar o  encantar.

En la ruleta rusa del sentido, resulta que también se le decía así al amuleto contra el mal de ojo,  fascinum o fascinus que tenía forma de falo, un ceremonioso pene erecto para bloquear cualquier maleficio. O bien, al haz de ramas sujeto en un solo manojo para hacer limpias y barrer las miradas o representar al fascismo, que ha fascinado a muchos como un dios repugnante y atractivo.

La del mal de ojo y la de la envidia es una fascinación, claro, en mala onda. Formas de mirar bien distintas al arquetipo del ojo en la seducción y la curiosidad. Sin embargo, la fuerza necesaria para tirar con los ojos aquello que desea el envidioso no es la fuerza de la maldad deseada a alguien. La envidia no hace esto siempre, es un peso distinto el que se usa para tirar de algo que para asestar algo. Jale/Empuje. Hay miradas que entregan cosas. La mirada del mal de ojo, no quita, sino deposita, y aquello que se deposita es el mal para alguien. En una mirada, entre la vil y biliosa envidia y el mal de ojo, no hay sólo una delgada línea sino vectores de una fuerza terrible y espantosa.
Ilustración desde Deviant Art
"Everthing is about sex, except sex. Sex is about power"
Wilde
Se decía y se sigue diciendo, que los que habían sido víctimas de estos ojos eran “espantados”, espantados de mirar lo que les había fascinado, unos ojos envidiosos, unos ojos malos, el símbolo del poder de la fuerza bélica y patriarcal, el fascio, o bien, el falo así, tal cual, usado en la cópula; el falo en la intersección entre los cuerpos, el falo en el cruce de los sexos, que los romanos (ya no decir de otras culturas) no podían mirar directamente a reserva de espantarse como muestran los frescos de casas de citas, balnearios y prostíbulos. El sexo, ese encuentro que denota en la imaginación de todo Occidente paranoide, tanto poder, tanto, que  puede entenderse quizá, que sirva para defenderse del mal.
Ese día en el Gótico, en el Carrer del Bisbe, ahí donde intersecta el callejón que lleva a Sant Felip Neri, las ladronas rumanas se dieron cuenta que venía muy contenta con las chicas que me mostraban el pitching para los turistas, es decir, venía yo con las enjundiosas latinas con estudios de posgrado que las habían denunciado unos días antes. La nueva integrante de la pandilla. Entonces, las falsas turistas y su abuela desalmada me rodearon, salieron quién sabe de dónde, yo no sabía de la historia y para mí seguían siendo turistas que de pronto me rodeaban. Eran unas diez o quizá ocho o quizá doce. Y sus veinte, o dieciséis o veinticuatro ojos me buscaron y me miraron quizá por algo menos que un minuto, tal vez  minuto y medio, quizá tres minutos y pude ver el peso del esfuerzo que hacían sus ojos y sus muecas directas y soberbias, muecas de quien se cree más listo y más poderoso, inequívocamente amenazantes. Las muecas, sí, pero los ojos, los ojos todos de esa otra manada de brujas o leonas haciendo algo sobre mí. Ejerciendo una fuerza.

Las ladronas rumanas me echaron el mal de ojo, pero ellas no tenían nada que envidiarme, no creo que hayan tratado de quitarme cualquier cosa. ¿Qué cosa podía tener si no tengo nada y tenía menos entonces? No tenía poder, o amor, o belleza que pudieran tratar de arrebatarme. Tengo tres ciudades, tres nombres y diez siglos en el cuerpo, nada se llevaron. Todo lo llevo cargando aunque haga yo meditaciones en el dejar ir, aquí están los siglos y los nombres y las ciudades. Eran miradas que no me quitaban nada sino que me entregaban algo, me ofrecían, depositaban algo extraño y obscuro en mí.

El mal, el mal en cualquiera de sus formas, la forma de la carencia,  de la desgracia, de la enfermedad, o el mal así, en abstracto. El incomprensible mal. Sin embargo, hoy que escribo y recuerdo, o viceversa, parecía un mal específico y concreto. Tal vez cada una deseó para mí un mal distinto y colorido. Y la cosa es que he sido malmirada, espantada, pues he mirado la mirada del mal. Hay una maldición gitana sobre mis hombros,  sobre mi historia, sobre mí.

Cuando terminó el hechizo, el acto de encantamiento, la fascinación, los ojos y sus mujeres se perdieron entre los turistas reales. Después de unos instantes de quedarme extrañada en medio de la calle, les pregunté a las chicas si habían visto todo eso y fue hasta entonces cuando me explicaron sobre las ladronas y su modus operandi, sobre la denuncia ante la policía que no te lleva preso por un monto menor de 400 euros, cantidad que  esa mañana no encontraron bajo las faldas de la gitana.

Honestamente, no sé qué hacer. En mi condición de persona con una maldición de ocho o diez o doce gitanas encabronadas, no sé qué hacer. Podría yo buscarme un falo de amuleto, pero me da un no sé qué ir a las reuniones del trabajo o con el suegro con un falito de plata o de madera ahí entre mis accesorios, tendría que contar toda la historia, respecto a la opción de creer. Mi madre, que sigue preocupada por mí, algunos años después me ha dado una de estas pulseritas de ojitos turcos de cristales azules que proyectan al mal de vuelta. Además de eso, me quedan pocas opciones, la cabal y aburrida defensa de no creer que es la que he empleado estos cinco años en los que no me ponía a pensar en ese día, buscar una limpia con algún objeto fascinante o, como Cátulo, contar con una cantidad de besos o poesía  suficiente para exculpar y proteger.

(basia) quae nec pernumerare curiosi
possint nec mala fascinare lingua
.

(tantos besos) que ni los curiosos puedan contar
ni maleficiar



Siete años después del mal de ojo y cinco después de que comencé este blog o depósito de besos que se llama Aguamala o Medusa, he venido a descubrir que la cabeza de la Medusa, cortada por Perseo, el héroe, fue dispuesta como la égida o el escudo de Atenea, la implacable diosa de la Sabiduría que condenó a Medusa a su forma repelente y a su mirada petrificante, la cabeza de la gorgona fue usada por los ejércitos como símbolo de invulnerabilidad. Lo que queda de la Medusa después de su belleza, después del dolor de la soledad autoimpuesta, es una cabeza petrificante, artilugio que aleja del mal y una afortunada coincidencia para sobrellevar la maldición gitana que me cargo.
El umbral gótico que hay entre la puerta de la pobreza y la mirada del mal, fue un umbral en mi alma. Cuando mi avión entraba a la Ciudad, le pedí a Barcelona que fuera mi amiga y Barcelona generosamente o vilmente, se abrió para mí como un campanario o un sapo psicotrópico, ya no sé. Por lo que no tuve, por lo que dejé de ser  y por los pedazos en los que me rompí pensé que no me había escuchado pero me escuchó. Barcelona, espejo fundamental. La ciudad, como mis amigas, no es una chica sencilla y me ha mostrado cosas más importantes que el pan y que el amor de los niños heridos.  Al reflejarme rota, me mostró asuntos fundamentales sobre mi forma de ver.
Si algo he de tirar con los ojos que sea la poesía la que robe de la vida, la que despoje de la mirada de los otros, la que encuentre en los callejones del tiempo, en la voz de mis amigas, en la luz horizontal de este país de heridas y de flores...ah, y si vieran mirar a mi amoroso, si vieran los besos que nadie puede maleficiar. La prisa de los siglos que se han ido corriendo calle abajo sólo puede alcanzar a mostrar, que la poesía de las cosas silentes es capaz de defendernos de la vida, usar la poesía en ofensiva, usarla en defensiva, la poesía como una pared de tres nombres, dos ciudades y diez siglos. Contra las paredes no hay antídoto y nada va a quitarnos la Historia.
Desde una lejana corteza cerebral un guiño de la memoria/Foto de OMBOLD desde Flickr 

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